Siddhartha y un canto a la luna que nunca vio

No la vio. Ella a él sí. Estaba detrás. Cuidándolo, vigilándolo, contemplándolo. La luna colgaba detrás de Siddhartha. Él jamás se percató de su presencia. Estaba ocupado en algo que le importaba más: complacer al público que atiborró el Auditorio Blackberry.
Se paró delante de ella. Las luces se apagaron casi por completo. Sólo iluminaban lo estrictamente necesario. Y mientras ella lo veía, él se dedicó a cantar y a dar un show que poco tuvo que ver con el satélite que colgaba a su espalda.
Porque el satélite estuvo ahí todo el tiempo. Apenas se movió. Cuando sucedió fue en forma de péndulo. Hacia un lado para de inmediato volver al otro. Y fue azul y blanco. Fue nostalgia.
Y Siddhartha no. Siddhartha fue alegría, fue tristeza emotiva y fuerza. Nada de melancolía, ni dolor reprimido, ni lágrimas que no quieren salir. De estático no tuvo nada. Fue y vino. Jugó con sus músicos y con el público. Disfrutó tanto como quienes lo miraban y coreaban. 
Él se hizo uno con el público. Efusivo por más que llegara en modo conservador. Un público que no paró de bailar desde su sitio cada tema. Uno que al final, cuando el show agonizaba, asumió con hechos que era parte del espectáculo. Coronó su presencia con participación voluntaria en un videoclip: “Únicos”, así, como quienes lo integraron. Atrás, la luna, complacida, terminó por pintarse de un azul de tranquilidad.