Camilo Séptimo o cómo darle potencia al amor milenial

El amor es pasional y suave al mismo tiempo. No agrede. Fluye al ritmo que debe fluir, sin presiones ni frenos. El amor milenial se escucha en canciones y se mira en forma de luces de neón. Necesita potencia para que funcione. La que una banda aparentemente tranquila como Camilo Séptimo impuso. Sí, impuso.
Lo obligó con dos percusiones… y un sintetizador. Su música, un constante algodón de azúcar se transformó en algo más parecido a una palanqueta. Mucho más crujiente y con un ritmo más intenso, más marcado. Probablemente más cercano al rock más romántico que se recuerde en varias semanas en el Teatro Metropolitan. Cosa linda, pues.
La banda, crecida como espuma de malteada de fresa dio un show de menos de dos horas, cosa rara para quien pisa un escenario tan grande. Parece casi una ley que quien tiene un EP y un LP en su haber sufre para cumplir, aún dejando satisfecho a un público que a partir de la tercera canción se puso de pie. Decir que el coro fue constante parecería un lugar común, pero así fue.
El setlist estaba pensado y fue ejecutado para enamorar mientras cada tanto soltaba filosas dagas que gritaban el olvido del amor no correspondiente o no correspondido. La curva de emociones casi siempre fue para arriba. Demasiada azúcar no siempre es buena y entonces la banda se obligaba a sí misma a bajar para recordar que las rosas pueden espinar si no se atrapan correctamente.
El protagonista, esta vez, sólo por esta vez, no fue el celular. Sólo al arranque y al final -con Vicio- se vieron luces blancas entre el público. Poco iluminado desde el escenario, disfrutó del show de una banda que cada vez grita con más fuerza que está lista para entrar a las grandes ligas de la escena nacional. Esas que parecen
reservadas para quienes sacan discos presumiendo décadas tocando.